Un escrito muy garcimaiqueciano
Existe un tipo de amistad que se viste con la camisita y el canesú de lo superfluo, pero que cuando se despoja de la tela, se desvela como ese tipo de amistades profundas, serenas y verdaderas con las que sólo con cruzar las miradas se sabe todo, o casi, del otro. Son esas amistades de las que no disfrutamos a diario, a la semana o siquiera una vez al mes. A veces incluso pasan años sin encuentros aunque sean fortuitos en la cola del supermercado o en la desesperada sala de espera del consultorio de referencia. Pero no son necesarios, pues a pesar de esa falta de contacto habitual, la amistad continúa fresca y lozana. En una amarga boda por lo civil (Joaquín Sabina dixit), coincidí con una de esas amistades añejas con al menos doce o trece trienios de antigüedad a los costales. Entre bocado y bocado, sorbo y sorbo y palabras de admiración de lo bien que todavía nos conservábamos en la salmuera del matrimonio, nos pusimos a...