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De nostalgia e imaginación va la cosa

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  Los dos canales de la televisión eran el lujo asiático de las familias de piso de protección oficial y seiscientos aparcado en la calle. En mi caso, o, mejor dicho, en mi casa, la tele se ponía a la hora del Telediario de la noche y alguna tarde los fines de semana. Estar absortos ante imágenes en movimiento sin ton ni son se antojaba, y se me antoja, una especie de pérdida de tiempo irrecuperable. Pero los programas de El Hombre y la Tierra, las aventuras de Curro Jiménez asaltando diligencias, derrochando masculinidad (hoy la denominarían tóxica) y dando matarile al invasor francés, y el inevitable 1,2,3 de la noche de los viernes eran citas ineludibles.             Los sábados por la tarde la televisión tenía una programación cinéfila de primera categoría. Los niños esperábamos que las malas noticias del Telediario cesaran para que diera comienzo la película de la sesión vespertina. En mi memoria han quedado grabadas pel...

Pijamas por la calle

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  La primera vez que lo vi, tuve que frotarme con fuerza los ojos pensando que eran visiones. Volví a mirar. Incrédulo, me froté los ojos para desvanecer la visión, en el caso que esta lo fuera. Por un instante me sentí como don Alonso Quijano antes de recobrar la cordura. Pero no. No era una visión provocada por ese sabio Frestón que, como al Ingenioso Hidalgo, me tiene cierta ojeriza. Para nada. Lo que veía era tan cierto como que dos más dos son… ummm… ¡Cuatro!           Te pongo, perdón por el tuteo, querido y único lector, en antecedentes: mes de diciembre, a mediados; ambiente navideño; villancicos por la megafonía del Ayuntamiento de mi localidad; en el Belén de la plaza, todavía no está el niño Jesús; compras de navidad. Los niños en sus carritos menean las panderetas que sus madres les acaban de comprar en el chino. Otros, más mayores, queriendo ser Messi, juegan al balón como lo hacen en cualquier época del año. Los comerci...

La individualidad uniformada

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  «Personaliza tu cuerpo». Así, de un modo tan impactante, se anunciaba una tienda o establecimiento donde se practicaba el arte del tatuaje. «Personaliza tu cuerpo»,   como si no lo tuvieras ya bastante personalizado con el color de tus ojos, con ese hueco tan característico entre tus dientes superiores o esos hoyuelos tan graciosos que rescatas cuando sonríes. «Personaliza tu cuerpo», decía el anuncio, dirigido, sin duda, a esos cientos de crédulos que tienen la necesidad de dibujar en su piel el rostro de un bebé con apariencia de muñeco diabólico, al protagonista de la serie del momento o la efigie de Espinete para recordar su alegre infancia (de la que muchos todavía no han logrado salir) para saberse únicos, inigualables, inimitables.                                                                     ...

Belleza

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  Decía Platón que la belleza era lo conveniente, lo útil, lo que sirve para lo bueno, lo que tiene grata utilidad y lo que da placer a los sentidos.             A día de hoy, ese concepto de belleza no es del todo compartido por el común de los mortales y por usted tampoco, única persona que me lee, como mortal que es. Hoy pensamos en lo bello como algo estético, como algo que agrada a la vista, sobre todo, al tacto y al resto de los sentidos de los que gozamos los humanos.             Hay personas a las que les excita estéticamente el placer de darse un baño en billetes y monedas de curso legal, de vestir ropas lujosas por el mero hecho de ser de tal o cual marca, dejando el gusto, harto dudoso, a un lado u observar tal o cual edificio dotado de la crisis de la modernidad al que califican como bello, como el sueño de sus míseras vidas. La belleza, como planteaba Plató...

Los dos libros o la leyenda de San Bartolomé

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  Cuenta la leyenda que justo antes de nuestro nacimiento, San Bartolomé, patrón de los editores,  ofrece a nuestras almas dos libros. El primero de ellos es de una lujosa encuadernación, con una portada de cuero marroquí decorada con unas exquisitas florituras de pan de oro y un papel fino y elegante. Es un libro que llama la atención por su belleza. Por otro lado, el santo ofrece a nuestras almas otro libro de encuadernación cutre, con portadas de cuero de cabra vieja, con las hojas cortadas a mordisco de burro y carente de todo grabado y belleza que hagan que nuestra atención se dirija hacia él. Este libro con aspecto de almoneda repleta de polvo atávico tiene la peculiaridad de que sus hojas están en blanco, a falta de escribir sobre ellas.   De estos dos libros, el alma debe elegir uno solo.                                            ...

Problemas del primer mundo

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  A Estela ,  Mateo y  Mikel, que aunque no lo sepan, son mis héroes. Los ciudadanos de occidente, del primer mundo, vivimos enfrascados en una suerte de prisa endémica que nos tiene atareados desde que se despereza el sol por el Este hasta que le hace el relevo la luna en el turno de noche. Esa prisa, unida al resto de factores que conforman nuestro tipo de vida, nos han convertido (ante nuestros ojos, por supuesto) en el maldito ombligo del mundo, en el centro de todas (¿de todas?) las miradas, en lo más acuciante del momento. De este modo, si un ejecutivo de una multinacional pisa un chicle en el centro de Amberes, en un suburbio de Los Ángeles o enfrente de la torre Eifiel, parece que el mundo se ha encogido y, por ende, se va al garete el planeta entero.                                                             ...

¿Desocupado lector?

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  «Desocupado lector».             ¿Hay acaso mejor inicio para un libro que con el que comienza el prólogo del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha ? No lo creo. El excelso genio e ingenio de don Miguel de Cervantes se empieza a desgranar en las primeras palabras de su maravillosa obra.             «Desocupado lector», porque el lector, en el momento que ejerce, debe de estar desocupado, sin otra cosa mejor que hacer, con los cinco sentidos y su imaginación dedicados en exclusiva a bogar por las letras que se convierten en palabras, en frases u oraciones y en sentimiento profundo de belleza. Porque un lector no es un oyente de radio que, a la vez que friega las cacerolas sucias de la última cena, camina ataviado con el chándal y las zapatillas de deporte por el parque de su barrio o dirige las luces de cruce de su coche hacia la oficina, deja deslizar por sus oíd...