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Mostrando las entradas etiquetadas como Hispanidad

En defensa propia, bro.

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  De la observación de sus congéneres, este juntaletras sin apenas difusión saca una serie de ideas que se le enredan en los vericuetos de su cabeza. Son cosas naturales, absorbidas ya por el imaginario comunitario y, en cierta manera, apropiadas (de apropiación) de manera algo indebida. Pero, a la vez, son asuntos que cualquiera de esos congéneres, con un mínimo de sentido crítico, puede observar igual que quien esto escribe.           El primer detalle, el que más asalta a las pupilas, es el tema de la vestimenta entre los circunstantes de cualquier ciudad de esta piel de toro (Madre Patria para los de allá). Los jóvenes, y los que aunque lo crean no lo son, visten (vestimos) de una manera estrafalaria, pero a la vez uniforme, es decir, vestimos mal, pero lo hacemos todos. Los nuevos aires de la vestimenta vienen inspirados en los bajos fondos delincuenciales de los Estados Unidos de Norteamérica (que no de América). Vestimos en Es...

La necesaria épica hispana

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  Somos los españoles de un país donde las novelas de caballerías han sido el motor de más cosas de las que hoy, habitantes del siglo XXI, creéis. Gracias a las novelas de caballerías se fraguó en la Mancha la novela de las novelas. Pero con ellas no solo se fraguó la novela de las novelas,   (Don Quijote de la Mancha para los despistados)  como digo, sino que se reflejó la verdadera y peculiar forma de ser y de estar en el mundo del ser hispano. No contentos con eso, y a pesar de que el Manco de Lepanto hizo lo posible por ridiculizarlas, sirvieron de acicate para esos locos exploradores, descubridores y conquistadores que se embarcaron rumbo a lo desconocido. Pues se ha de saber que estos valientes, hoy defenestrados, barbudos se guiaron por los valores que las novelas de caballerías destilaban entre sus páginas.           Valor. Honor. Amor. Fe. Y, sobre todo y ante todo, sentido de transcendencia. Todo eso formaba un cor...

De mapas e hispanidades

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  Desde chiquito me encantan los mapas. En mi casa había un atlas, mil veces manoseado por mis dedos infantiles, con el que soñaba con viajes transoceánicos, selvas impenetrables y montañas copadas por nieves perpetuas. Era como poder materializar las aventuras narradas por Julio Verne, por ejemplo, en un   libro de puntos geográficos reales, pero no por ello exentos del misterio arcano de la vida. No sólo pasaba mis ojos pueriles por las geografías ignotas de los seis continentes, también buscaba en el tomo que la enciclopedia familiar había dedicado a dicha ciencia toda la información disponible sobre ciudades, pueblos y parajes que soñaba con visitar. De aquellas no había otro modo de recopilar el material con la que se fabrican los sueños. Era parte de mi experiencia vital, de mi propia aventura, de un juego con el que aprender y tener conciencia del mundo que habitaba.             Lo mismo me ocurrió con los diccion...