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Amistades vasectomizadas

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  En una sociedad como la nuestra, la sociedad de la prisa, a duras penas se tiene tiempo para algo distinto a lo que no sea el cultivo de nuestros intereses.      Madrugamos. Hoy no hay tiempo para ir al gimnasio. Hacemos veinte flexiones en el suelo de la cocina. Entretanto, se prepara el café. Dos aguacates y unos huevos revueltos. Rompemos el ayuno intermitente. Salimos pitando hacia la estación de tren. En el asiento del vagón, una cabezadita. Trabajo de ocho horas. Llamadas de teléfono. Correos electrónicos. Relaciones laborales tóxicas. De vuelta a casa en el tren. Cabezadita de rigor. Llevar los niños a las extraescolares. Contestar dos correos que quedaron pendientes del trabajo. Recoger a los niños. Comprar la cena. Hacerla. Baños y duchas. Acostar a los retoños. No me da la vida. Ver la serie de Netflix que está en boca de todos en la oficina. Un capítulo más. Y ya van tres. Acostarse tarde. Un día de locos. Mañana más.      ...

La agonía del acomodador

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  De un tiempo a esta parte, se está quedando afónico el sonido circular del carrete en la sala de proyección; de su ventanilla, una luz apenas viuda, entristecida y moribunda se asoma para caer al patio de butacas donde el eco del silencio se ha hecho fuerte. El uniforme azul chófer del acomodador se apolilla en el armario de la tristeza; la luz de su linterna se ha fundido, los filamentos de su bombilla se han resquebrajado por la artritis de la falta de uso. Poco a poco, las salas de cine se convierten en un escenario falto de actores, de tramoyistas y de apuntadores muertos por las balas disparadas en el argumento de la última representación.             Lejos han quedado las colas que circundaban los edificios de los cines, donde los sueños se materializaban en la sagrada forma del celuloide. En las minúsculas ventanas de las taquillas donde se despachan entradas para ver un cielo de dos horas de duración, cuelga el ca...