Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como responsabilidad

Pinta y colorea

Imagen
    Vivimos en un mundo infantilizado hasta la nausea o hasta los «provechines» acompañados de golpecitos huecos en la espalda de los bebés. Porque somos una sociedad infantilizada a más no poder y hasta los mayores nos tienen que extraer los gasecitos. Da igual la edad que se tenga.             Uno se para a ver los logotipos de las empresas, de las instituciones públicas y de las organizaciones no gubernamentales dependientes del gobierno y no ve otra cosa que no sea dibujos de niños. El oso y el madroño de la capital ha perdido la épica, la estética y está huérfano de ética. Las empresas que, gracias a Dios, no financian este blog, han infantilizado como de más los colores, dibujos e imágenes de sus logotipos. Y las organizaciones no gubernamentales dependientes del gobierno han convertido en trazos infantiloides bellas aves, portentosas encinas y todo tipo de anagramas con   el empaque que antaño, bajo otra luz ...

Palabras

Imagen
    A la memoria de Narciso González, mi tío. Es bien sabido por ti, querido y único lector, y permíteme que utilice el vulgar tuteo, que quien estas cuartillas digitales emborrona cada dos semanas es un fanático de las palabras, de sus significados, de su etimología. Tal es la pasión que por ellas tengo que, de muchos años atrás a esta parte, vengo confeccionando en un cuaderno de anillas un diccionario manuscrito colmado de palabras que encuentro en libros, artículos o reveladas por personas más sabias, no es esto para nada complicado, que yo. Lo ojeo con frecuencia, no sólo para fijar o refrescar en mi memoria el significado de tal o cual término, sino que también me sirve para analizar el cambio de mi caligrafía obrado por la magia del paso, ineludible, de los años.             Hay palabras que a uno le enamoran, bien por alguna de sus acepciones, bien porque le traen a la memoria las páginas del libro donde la des...

Pandemias, inconstitucionalidades y responsabilidad

Imagen
  La primera vez que tuve que hacerme una PCR, me la realicé en un laboratorio de la calle Ayala, en pleno barrio de Salamanca de la capital y cuando el país se encontraba por entero confinado. Mientras circulaba a bordo de mi coche en dirección a la gran urbe, el paisaje de la carretera era harto desolador: sólo camiones (pocos) por una autovía acostumbrada a un trasiego constante de todo tipo de vehículos, de todo tipo de cargas y de todo tipo de atascos. Cuando me adentré en Madrid el panorama fue aún más aterrador: calles vacías, casi tenebrosas a plena luz del día, vehículos de emergencia y aceras en huelga de peatones. La soledad pesaba como una losa de mármol sobre una ciudad que antaño populosa se desangraba en el fantasma de lo que en algún momento fue. El barrio de Salamanca se acurrucaba en un sueño eterno, en un sueño sin gente, en un sueño que más parecía pesadilla de agitado despertar. El silencio se extendía como un herpes por entre los bolardos, las vallas metálicas...