Huecos libres
En busca de la mitad de la oreja perdida por Don Quijote en singular batalla contra el hidalgo vizcaíno me topé con la Iglesia de San Andrés. En ella escuché el sonido de un órgano. Unas notas musicales que se derramaban por unos tubos que apuntaban al cielo. Un sonido que acogido en el seno de las bóvedas aumentaba el sentido sagrado de la música. El sentido sagrado de la vida. Según el peculiar guía que me introdujo en las cosas más importantes que ver en el templo y se marchó, el órgano fue donado por una iglesia anglicana que había dado por finiquitada su existencia. Añadió que, en el mundo anglicano, muchas iglesias se estaban cerrando. Parece que en la Pérfida Albión, según palabras de este buen hombre, la adoración a Dios, al menos del de los cristianos, aunque sean anglicanos, está más que de capa caíd a. Después de la visita y de rendir honores a los restos de don Francisco de Quevedo, caminé por el pue...