El fajador
Los dedos convulsionaban veloces por la superficie pulida de la pantalla. Pasaban páginas virtuales, de esas que no hacen ruido, a una velocidad del diablo. «¡Madrid! ¡Madrid!», gritaba. «¡Algo que hable de Madrid!» Un sudor frío tomó al asalto su frente, sus axilas, su corazón. «¡Con lo grande que es Madrid!» vociferó de nuevo al público inexistente que se agolpaba en su despacho. Descolgó el teléfono que a pesar de la agitación reinante dormitaba sobre la mesa, junto al ordenador. —Marisa, di a los del gabinete de prensa que busquen algo sucio de Madrid. Que busquen en las cloacas o en los poblados de chabolas o que paguen cincuenta euros a un yonqui y se invente alguna mierda. ¡Pero quiero algo y lo quiero ya! Colgó con violencia el teléfono y este, en un inútil afán de resistencia, dejó caer al suelo su auricular. Apoyó la desesperación de su cabeza en las manos y...