Pisa

  

Me comentó un amigo hace ya tiempo que era la única persona conocida que escribía puntos al final de mis Whatsapp. No sólo, continuó, puntúas al final, también pones los interrogantes del principio. Lo decía con un signo de exclamación en su mirada. Lo cierto es que mi amigo era en ese momento una persona insultantemente joven, hoy sigue siendo joven aunque ya no insultante. Le asombraba que a uno le hubieran enseñado como Dios manda a escribir y las, como dice mi señor padre, cuatro reglas. Y no sólo que se las hubieran enseñado en la más tierna de las infancias, sino que todavía las mantuviese con el sonrosado en la piel del estar vivo.

            En las aplicaciones de mensajería instantánea, que así se llaman, galopan por doquier las faltas de ortografía, las incoherencias gramaticales y el escaso uso de los signos de puntación. Gracias a tales desmanes, la lectura, y qué decir el entendimiento, del mensaje se hace harto difícil. Por no decir imposible. De la misma manera que esos desmanes provocan una serie de malentendidos que suelen terminar en disputas, desavenencias y en ya no te invito más a café.

Estas aplicaciones de mensajería instantánea son, para muchos, el único modo en el que desarrollan el noble arte [sic] de la escritura y si ya venía desnortado y deshonrado de casa, pues imagínense. Es por ello que llama la atención que alguien escriba ahí correctamente, para que se le interprete del mismo modo, ya que es, para muchos, un modo de comunicación informal. Pero tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe. Si tan mal escribimos nuestros mensajes, el cuerpo se acostumbra y cuando tengamos ocasión de escribir algo más «formal» lo trataremos como si no lo fuera. Pero eso es harina de otro costal.


El mal uso del lenguaje en ese tipo de aplicaciones tan utilizadas en estos tiempos no es más que un efecto de que ya no se enseñan las cuatro reglas, mi señor padre dixit, ni a escribir correctamente en las aulas de los colegios. La degradación de la enseñanza, que no educación, ésta se trae de casa, está al orden del día. El informe PISA lo corrobora año tras año o cuando demonios sea. Hoy parece que prima más el aprobar sin esfuerzo, y se demuestra muchas veces a la hora de redactar Whatsapp, que el aprendizaje. Y este humilde servidor, enamorado de las letras, de las palabras e incluso de los fonemas, no puede hacer otra cosa sino cabrearse, y a veces hasta batirse, cuando la gente maltrata el lenguaje (y la cultura verdadera) ante su presencia. Y más cuando se hace desde instancias dedicadas a la enseñanza.

La capacidad de comprensión lectora se reduce a marchas forzadas. Los textos se van sustituyendo por material audiovisual. Obligar a leer es malo, pero motivarles para ello ya no se estila. Alumnos que llegan a tercero de carrera con faltas de ortografía. Profesores que enseñan [sic] su materia con desgana y plagada (¿o era plagiada?) de mil y un errores de todo tipo. Adoctrinamiento a instancias del poder. Desmotivación entre el profesorado. Desesperanza entre el alumnado. Mala, pésima, educación, que no enseñanza, en todos ellos. Padres con ansia de títulos y no de aprendizaje en sus hijos. Y entre todo esto, la torre, digo el informe, de Pisa sigue torcido, inclinado, con riesgo serio de derrumbe.


 Y como único remedio apreciable, la huelga. Buen método para acrecentar el desnivel, la amenaza de ruina, el hundimiento completo; pero para asentar la desfachatez.

Desde este más que humilde balcón que nadie lee, me gustaría proponer a docentes y alumnos que la próxima huelga que hagan sea al estilo japonés: que en lugar de cinco o seis horas de clase se den diez; que se lea la Divina Comedia de Dante en el recreo; que las derivadas se calculen de cabeza; que el nivel académico de nuestros herederos sea digno de heredar; que los docentes estén orgullosos de que el grado intelectual de sus alumnos sea sobresaliente. Y como buena huelga japonesa, el alumno que quiera seguir tocándose sálvese la parte y quiera aprobar sin esfuerzo o el maestro baldío que quiera seguir viviendo del cuento, de sus bajas médicas interminables (y falsas) y de su pésimo método de enseñanza terminen haciéndose el seppuku o harakiri, no literal, pero sí intelectual e incluso social.


Y, de este modo, el nivel intelectual de nuestros descendientes aumentará, no se dejarán manipular con tanta facilidad y, por ende, todo revertirá en una comunidad, que no sociedad, más próspera, más elevada, más vivible. Será ese idílico o utópico momento en el que la torre, digo el informe, de Pisa deje de amenazar ruina y riesgo de derrumbe.

 Hasta los mensajes de Whatsapp lo agradecerán.

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