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Presbicia solidaria

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Decía mi abuela: «De los cuarenta para arriba, no te mojes la barriga». Yo, jovenzuelo de aquellas, me lo tomaba a coña marinera. ¡Qué pena que no estuviera aquí para decirle cuánta razón llevaba! Porque cuando uno pasa de los ocho lustros empieza a notar ciertos cambios en su estructura corporal que no le hacen gracia alguna. Uno de estos cambios, con toda probabilidad el más evidente, es el que afecta a nuestro sentido de la vista: empezamos a notar que de cerca nuestra vista falla cual escopeta de feria. Las letras de los libros se nos estrechan, adelgazan, se cruzan en giros imposibles unas con las otras y nos obligan a tomar distancia alargando los brazos para poder verlas. Un viejo conocido siempre decía que su problema no era de la vista, sino de los brazos, que se le habían quedado cortos. Presbicia, se llama.           La presbicia, o al menos sus efectos, se mitigan con unas gafas de ver de cerca. No son difíciles de encontrar ni suponen un gasto ec...