Las amistades peligrosas

 

Por la vida de uno pasan muchas personas. Muchos son conocidos, otros, los menos, son los amigos, y entre unos y otros hay una serie inconclusa de personas que se denominan, algunos hasta se autodenominan, los muy osados, de mil maneras: colegas, troncos, compañeros, bro, hermano, follamigos, y un etcétera no sé si largo, pero sí heterogéneo. Por abreviar solemos tildar a todos como amigos y nos quedamos tan anchos. O largos. Creo que hay que saber diferenciar, pero las prisas de un mundo carente de frenos, los vapores etílicos de las bebidas espiritosas y una economía, en ruinas, del lenguaje nos llevan a esa abreviación.

            El ser humano tiene una naturaleza comunitaria, necesita de los otros, y los otros de los unos, para desarrollar una vida que pueda tildarse como tal. Nadie puede sobrevivir en la más absoluta soledad o individualidad, aunque nos lo creamos, sobre todo el ser posmoderno actual, pues nos volveríamos más locos de lo que ya estamos. Necesitamos unos padres que nos engendren, que nos cuiden y a los que cuidar; unos hermanos con los que compartir y pelearnos, a los que admirar y que nos admiren; una pareja con la que engendrar unos hijos que continúen con nuestra labor, nuestra caballerosidad y nuestra estirpe; unos amigos con los que desahogarse o disfrutar de lo que viene a ser la vida; unos compañeros de trabajo con los que lograr objetivos profesionales; unos vecinos con los que discutir en las juntas de la comunidad de propietarios; un médico que nos sane cuando enfermamos y una enfermera que nos pinche 40 miligramos de urbason para acordarnos de su santa madre durante unos días; un maestro que nos enseñe atrapar los secretos de la sabiduría que se escapan corriendo calle abajo.


            En este transcurrir de la vida necesitaremos afianzar nuestras relaciones en un momento con unos y en otro momento con otros. Pero no debemos perder la perspectiva. Muchas de estas personas que se cruzan en nuestras vidas lo hacen con un fin meramente utilitario, en el sentido materialista de la palabra. Te hablan, te llaman, se sientan a tu lado mientras la relación sea fructífera para sus intereses. Esos días de vino y rosas, serás el mejor entre los mejores (el cabra lo llaman ahora los jóvenes) y te colmarán de adjetivos bonísimos, colocándote en el altar de los hombres ilustres. Tus escritos serán los mejores del mundo, del universo, de la región reducida a tu hogar con libros, tendrás dotes que ni siquiera sospechabas y te abrillantarán el lomo con palabras edulcorantes, almibaradas, pero de quita y pon. Una vez que pase esa bonita luna de miel y tu utilidad quede reducida a la más vulgar nada, se esfumarán de tu vida, tendrás que denunciar ante las autoridades policiales su desaparición y tú seguirás con tu vida y ellos con la suya y sus sablazos. De cuando en cuando (entre ambos términos iguales pueden pasar siglos de ciento cincuenta años) recibes una llamada para que le hagas un favor, le soluciones un problema menor o le recomiendes un buen restaurante para llevar a unos amigos que ninguno de ellos eres tú. Uno, de naturaleza tonta o buena, según quién lo diga, les hace el favor, le soluciona el problema, si está de su mano, y le recomienda el restaurante de un amigo (di que vas de mi parte), donde no sólo comen bien, les tratan de lujo, sino que encima les hacen descuento. Y a esperar otro siglo de ciento cincuenta años para saber de ellos y les hagas falta.


            A uno se le hincha el corazón cuando está viviendo esa luna de miel y se le desinfla como una zodiac deshinchada por balas enemigas cuando es protagonista de estas cosas. Siempre queda la esperanza, la última que se pierde, la última en desaparecer, de que de esos días quede una amistad de esas que te llaman para ver qué tal estás, como va ese hombro lesionado o me he enterado de ese ascenso en el trabajo que tanto te ha costado y me he alegrado un montón. Porque el que te llama para eso se alegra de tus éxitos (no de tu éxitus) como si fueran suyos y es el que puede denominarse amigo, así sin más. Amigo de verdad, porque los demás son de mentira o interés, que viene a ser lo mismo. La agenda de tu teléfono, estoy seguro, está repleta de personas que hace mucho que no te llaman, pero no te llaman porque no te necesitan, no les eres útil, y de pocos que te llaman para ver qué tal estás y cómo les va a los tuyos, aunque esa llamada se dé cada semana, una vez al mes o una vez cada año de esos que tienen quinientos doce días.        



   La vida frenética no nos da tregua para sentarnos a diario con esos amigos a tomar un café y hablar de nuestros intereses, mutuos y no tanto, de sincerarnos, de reírnos de nosotros mismos, de lo que sea que hagan los amigos. Pero una llamada o un simple mensaje ayudan más que la cuenta de un café pagada a medias. Nos llenan el corazón, nos recuerdan que para alguien en ese momento somos importantes, y nos sentimos apreciados, llegando a crecer por ello unos centímetros de nuestra estatura. Hoy tenemos el teléfono móvil en la mano durante todo el día, y por la noche en nuestra mesilla velando nuestros sueños, y lo pasamos mirando tonterías que nos hurtan el tiempo sin acodarnos de esa persona que es tan importante y valiosa para nosotros que es nuestro amigo. El de verdad.

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