El fajador
Los dedos convulsionaban veloces por la superficie
pulida de la pantalla. Pasaban páginas virtuales, de esas que no hacen ruido, a
una velocidad del diablo. «¡Madrid! ¡Madrid!», gritaba. «¡Algo que hable de
Madrid!» Un sudor frío tomó al asalto su frente, sus axilas, su corazón. «¡Con
lo grande que es Madrid!» vociferó de nuevo al público inexistente que se
agolpaba en su despacho. Descolgó el teléfono que a pesar de la agitación
reinante dormitaba sobre la mesa, junto al ordenador.
—Marisa,
di a los del gabinete de prensa que busquen algo sucio de Madrid. Que busquen
en las cloacas o en los poblados de chabolas o que paguen cincuenta euros a un
yonqui y se invente alguna mierda. ¡Pero quiero algo y lo quiero ya!
Colgó con violencia el teléfono y este, en un inútil afán de resistencia, dejó caer al suelo su auricular. Apoyó la desesperación de su cabeza en las manos y sus dedos se enterraron en el cabello recién implantado en Turquía. Su alma era la de un fajador con el hígado graso castigado y la mandíbula expuesta a merced de la señal de K.O. Los golpes no cesaban. Entraban por el sur, al otro lado del Estrecho; por el norte, con socios asociados con la muerte; por el este, con barrancos sin limpiar y amenazas de lluvia; por el oeste, con jueces amenazados de muerte por traficantes de medio pelo. Y la guardia baja, dejando encajar todos los puñetazos, todos los intentos del adversario para que sus labios se morrearan con la lona de un territorio patrio cansada de ser pisoteada.
Imagen de Decrand Los
cimientos sobre los que se asentaba su despacho se cimbreaban a
cada golpe, a cada segundo de duración de los asaltos. Pero la vibración no
conseguía la desestabilización absoluta. A cada impacto contestaba con un
directo carente de la precisión y fuerza necesarias. Unos directos cada vez más
torpes e ineficaces. Cada vez más ridículos: Ora el jab blandengue de lo bien que lo hacemos con la economía, ora el
gancho de la bandera de los derechos de la salud
reproductiva, ora el crochet del
terror al ascenso de la extrema derecha. Jab,
ganchos y crochet que habían dejado
de llegar y, si lo hacían, eran tan inapreciables que más que puñetazos
parecían caricias de mantequilla.
El
teléfono se desperezó con un ring que elevó sus pulsaciones. Era del gabinete
de prensa. En Madrid, al lado del parque del Retiro, van a desahuciar a una
anciana. «¡Bingo!», gritó en un anacrónico estallido de júbilo. Era lo justo y
necesario para lanzar un nuevo golpe. Esta vez no podía fallar. La cosa
consistía en acumular toda la fuerza posible, afinar la puntería y lanzar el
puñetazo al lugar donde tendría alguna posibilidad de derribar al oponente. Empezó
a realizar llamadas, a convocar a los medios de comunicación, a enardecer y
encalabrinar a las masas adeptas. A media tarde el teléfono desprendía pavesas
y las aplicaciones de mensajería instantánea alcanzaban la temperatura de un
horno de tahona. La temperatura requerida.
«Caras populares», voceaba a los del gabinete de prensa, «caras populares que canten, que bailen, que reciten poemas o que hagan malabares con fuego. ¡Me da igual! Pero que sean populares». Aquella misma noche la gente acudió en masa a la llamada. Todos gritaban unos eslóganes cocidos en la vitrocerámica del despacho del fajador, en la de su gabinete de prensa, en la de las entretelas gubernamentales. Las televisiones públicas iluminaban con focos de cien mil vatios sus emisiones en vivo y en directo. Los actores, cantantes e influencers esa noche no se acurrucaron temprano en la mullida almohada de la complacencia con el poder. Aquella noche, como estaba mandado, amotinaron con sus palabras, con sus canciones y con sus malabares a la masa. Luego se fueron a cenar una deconstrucción de lubina al horno con caviar beluga. Las copas en el reservado llegaron después.
En
la calle la gente gritaba. Cuanto más alto se daban los gritos, más veloz huía
el espíritu crítico del lugar. Nadie se paraba a pensar las circunstancias de
lo que allí estaba ocurriendo, en los motivos verdaderos y ocultos. Ocultados. Todos
apelaban a la emoción, al victimismo de cabaret barato y al grito furibundo.
Las redes, acostumbradas al olor a disparos de pólvora mojada, se convirtieron
en el campo de batalla donde los unos despellejaban a los otros. Donde los
otros descargaban el contenido de sus cañones sobre los unos. Entretanto, el
fajador ya no era el centro de atención, el enfoque de las miradas o los
teleobjetivos. Los golpes seguían con su incesante diluvio sobre sus costillas,
su hígado, su cabeza, pero el público había abandonado el pabellón deportivo o
miraban para el lugar exacto donde quería que se mirase.
Y mientras tanto en el público esperamos el K.O. sin mucha convicción porque lo que está claro es que no van a arrojar la toalla.
ResponderEliminarUn abrazo.
Pues arrojemos nosotros la toalla y que se termine el combate. Gracias.
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