El miedo o los peces traslúcidos

 

 

Mis pies están dentro del mar, a su alrededor  nadan peces traslúcidos. Peces que no se pueden arponear de lado a lado con nuestra mirada. Peces imposibles de soñar. Peces. Intento con mis manos juguetear con ellos, pero el miedo, siempre acechante, les hace huir como los rayos zigzagueantes de la tormenta. Los peces traslúcidos del mar tienen miedo a terminar sus días chisporroteando sobre un mullido tálamo de un sofrito de cebolla, pimiento verde y tomate. Miedo a finalizar su corporeidad en el estómago agradecido de un turista de pelo claro y carnes rojas.


            Pienso en estos peces traslúcidos con miedo a dejar una numerosa prole desatendida o a perder la luz de esa translucidez que me llama tanto la atención. Más que en ellos, pienso en el miedo con los pies en remojo, con los dedos reblandecidos por efecto del agua, del tiempo, del no tener nada más importante que hacer. El miedo es necesario, pero como todo en esta vida, en su justa medida. Gracias al miedo no nos aferramos, aunque sólo sea una única vez, a la inconsciencia de saltar sin paracaídas desde un avión en vuelo transoceánico o desde lo alto del puente de Alcántara sin cuerda ni arnés ni sensatez. El miedo ha de ser aliado de la cautela, como lo es en el caso de esos peces traslúcidos que me han iluminado la mañana. Buscan alimento en el nubarrón de arena de playa que levantan mis pies al caminar bajo el agua, pero con el ojo, derecho o izquierdo, según la ocasión, pendiente de no convertirse él en alimento, en lugar de alimentarse.

            Mientras alrededor de mis pies navegan a cabotaje los peces traslúcidos, mis ojos, sin miedo de convertirse en alimento de caníbal alguno, ven un video que se ha colado por los huecos que dejan los hilos de las redes de pesca sociales. Veo a un joven, apenas un púber que acaba de terminar de ser niño este mediodía, vestido con una camiseta roja con un escudo y una estrella sobre el mismo. Es una camiseta de la selección española de fútbol. Corre, más bien huye, por un parque esquivando paseantes. Tras él seis, siete, ocho hombres, algunos con canas en la barba, vestidos con camisetas verdes. Gritos. Amenazas de tiros en la nuca. Intentos, vanos todos ellos, de arrebatarle el orgullo del sentido de pertenencia a un país, a una cultura diversa y unida, a una forma de ver el mundo; el orgullo de ser lo uno puede llegar a ser.

            Veo el miedo.

            Veo miedo en el chaval, que no tiene ninguna intención de que esta noche le vea con el ojo maquillado de morado esa novieta con la que está empezando a salir. Pero el verdadero miedo, el acojone en toda regla, no lo veo en la cara del chico de la camiseta de la selección española. No. Lo veo en  los ojos, en los rictus y en las canas temblonas de las barbas de quienes le persiguen, le amenazan, le amedrentan el paseo. Ahí es donde se ubica el miedo. Miedo a perder lo que con violencia conquistaron: las calles del País Vasco. Miedo a perder de lo que se apoderaron en su momento: el poder de atemorizar a los contrarios con la mentira de su relato. Miedo a perder lo que siempre parecía suyo: la juventud. Una juventud que ha dejado de tragarse, sin guarnición, el sapo del adoctrinamiento al que han sido sometidos desde hace tanto tiempo.


            A pesar de encamarse todas las noches en el tálamo del que ostenta el poder gubernamental, saben que van perdiendo, que los privilegios que ganaron con las bombas lapa penden de un hilo, del hilo de esa chavalería que luce el orgullo de ser español en cualquier punto de este nuestro, el suyo, territorio patrio. Ellos rabian. Y como esos peces traslúcidos que me rondan los pies en el mar, tienen miedo. Miedo a ser devorados. Miedo como el de esos compañeros suyos de partido, de sindicato, de desvaríos, que, tan valientes ellos, tras asesinar por la espalda y sin posibilidad de defensa alguna a un ciudadano y ser detenidos se les soltaba el vientre. Gallitos cuando están con el gallinero. Caganet cuando andan solos.


            Yo no quiero que nadie tenga miedo. Ni siquiera los peces traslúcidos de la conciencia intranquila. Pero, querido lector, tal y como decía al principio, el miedo es más que necesario; sobre todo cuando, como un boomerang, se da la vuelta y te mira a la cara.

Comentarios

  1. Si fuéramos capaces de cambiar de gobierno cada cuatro años todo iría mejor y no habría peces invisibles.

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  2. La situación política está muy polarizada. Ojalá hubiera más diálogo y menos enfrentamiento, porque al final quienes lo notamos somos los ciudadanos.

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  3. Eso es, que tengan miedo quienes lo tienen que tener de verdad, porque esta misma, no le amedrenta a quien está de su parte 😉

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