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Presbicia solidaria

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Decía mi abuela: «De los cuarenta para arriba, no te mojes la barriga». Yo, jovenzuelo de aquellas, me lo tomaba a coña marinera. ¡Qué pena que no estuviera aquí para decirle cuánta razón llevaba! Porque cuando uno pasa de los ocho lustros empieza a notar ciertos cambios en su estructura corporal que no le hacen gracia alguna. Uno de estos cambios, con toda probabilidad el más evidente, es el que afecta a nuestro sentido de la vista: empezamos a notar que de cerca nuestra vista falla cual escopeta de feria. Las letras de los libros se nos estrechan, adelgazan, se cruzan en giros imposibles unas con las otras y nos obligan a tomar distancia alargando los brazos para poder verlas. Un viejo conocido siempre decía que su problema no era de la vista, sino de los brazos, que se le habían quedado cortos. Presbicia, se llama.           La presbicia, o al menos sus efectos, se mitigan con unas gafas de ver de cerca. No son difíciles de encontrar ni suponen un gasto ec...

Cuarto y mitad

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  Los chavales de hoy en día, y los no tan chavales, los menores de treinta o treinta y cinco años, apenas saben ir a comprar a un comercio de alimentación donde les atienda una persona, que no sea un cajero o una cajera con antecedentes de ministra. Estas personas que atienden, sobre todo a personas mayores, como digo, suelen responder a las profesiones de carnicero, charcutero, panadero o aquel otro que desprende un fuerte olor a Omega-3 al que se conoce como pescadero o pescatero. Son oficios no sólo dignos sino esenciales. Son oficios que deberían encontrarse protegidos, como lo está el lince, el oso pardo o el olor a miga de pan recién horneado. Son oficios que, poco a poco y sin darnos cuenta o prestar la atención debida, se hallan en vías de extinción.            Se han convertido en mayoría las cadenas de supermercados donde la carne, la fruta y la chacina ya viene embuchada en unas cajitas de plástico fino y con sobrecubi...

El miedo o los peces traslúcidos

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    Mis pies están dentro del mar, a su alrededor   nadan peces traslúcidos. Peces que no se pueden arponear de lado a lado con nuestra mirada. Peces imposibles de soñar. Peces. Intento con mis manos juguetear con ellos, pero el miedo, siempre acechante, les hace huir como los rayos zigzagueantes de la tormenta. Los peces traslúcidos del mar tienen miedo a terminar sus días chisporroteando sobre un mullido tálamo de un sofrito de cebolla, pimiento verde y tomate. Miedo a finalizar su corporeidad en el estómago agradecido de un turista de pelo claro y carnes rojas.             Pienso en estos peces traslúcidos con miedo a dejar una numerosa prole desatendida o a perder la luz de esa translucidez que me llama tanto la atención. Más que en ellos, pienso en el miedo con los pies en remojo, con los dedos reblandecidos por efecto del agua, del tiempo, del no tener nada más importante que hacer. El miedo es necesario, p...

Belleza cotidiana

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    En su libro «Caprichos», Ramón (Gómez de la Serna) tiene un delicioso microrrelato, como ahora se dice, en el que una ex alumna lega su belleza a las actuales internas de su antiguo colegio. Todas ellas gozaban del don supremo de ser guapas. Del don de la beldad. Ramón, como no puede ser de otra manera, lo narraba con la gracia greguérica que lo caracterizaba. Del olvido de la obra de Ramón (Gómez de la Serna) podemos hablar largo y tendido, y, de hecho, no tardaremos en hacerlo. Pero del olvido de la belleza, ¡ay, querido lector!, no podemos dejar de hablar en esta humilde cuaderno de bitácora que se escribe sobre la mesa de tres patas de la Belleza, el Bien y la Verdad. Así, como se merecen, en mayúscula.                En estos tiempos minimalistas hasta el absurdo, el alma coleccionista de fetiches de Ramón chocaría de frente con estrépito de partes al seguro, sonido de mazos de madera en el juzgado ...

La civilización de la ropa tendida

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  A Dolores Martínez Existe una película antigua, de esa época en la que España se refocilaba en un páramo cultural donde solo había catetos con boina y adictos al régimen (nótese la ironía), en la cual una familia abandonaba las miserias del campo para adentrarse en las beneficencias de la gran ciudad. El largometraje fue dirigido por un falangista con la capacidad de levantar con él escoriaciones de todo tipo en la fina piel   estatal. La familia protagonista se instala en una corrala a vivir el sueño español de la bonanza capitalina. En esta corrala hay una fauna variopinta de vecinos: guasones que se burlan de la inocencia e ignorancia de los catetos recién llegados, niños alborotadores y alborotados, operarios madrugadores y sus antagonistas, aficionados al vino y al trasnocho.   De todo un poco. Revisitando esta obra, de la que ya se ha hablado en este humilde portal, me dio por reflexionar sobre los vecindarios. Del mismo modo y casi simultáneo, leí un texto de m...

Pinta y colorea

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    Vivimos en un mundo infantilizado hasta la nausea o hasta los «provechines» acompañados de golpecitos huecos en la espalda de los bebés. Porque somos una sociedad infantilizada a más no poder y hasta los mayores nos tienen que extraer los gasecitos. Da igual la edad que se tenga.             Uno se para a ver los logotipos de las empresas, de las instituciones públicas y de las organizaciones no gubernamentales dependientes del gobierno y no ve otra cosa que no sea dibujos de niños. El oso y el madroño de la capital ha perdido la épica, la estética y está huérfano de ética. Las empresas que, gracias a Dios, no financian este blog, han infantilizado como de más los colores, dibujos e imágenes de sus logotipos. Y las organizaciones no gubernamentales dependientes del gobierno han convertido en trazos infantiloides bellas aves, portentosas encinas y todo tipo de anagramas con   el empaque que antaño, bajo otra luz ...

Yonkilata

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  Rodrigo, a pesar de lo épico de su nombre, carece de toda la épica, de toda la ética y de toda la estética que deja la impronta que este deja en la persona. Rodrigo frisa los cincuenta, si no los supera ya, trabaja de mantenimiento en un instituto de secundaria y las tardes las malgasta viendo el fútbol en la tele, paseando a una perrita medio pulgosa que tiene y bebiendo para olvidar algo que nunca fue capaz de recordar.             Desde que en el barrio proliferaron las tiendas de chinos ya no tiene necesidad de ir al bar para tomarse una cerveza. Ahora el chino que nunca va a aprender del español nada más que los precios de los productos que vende y un galaxias para las despedidas vende las latas más baratas que Antonio, el del bar, y por el precio de una, se toma dos. No llevan aparejadas las latas la fuentecilla de cacahuetes o los altramuces prehistóricos, pero tampoco hace falta. Solo el alcohol. Lo bueno de los chi...