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Apnea

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  El día que Julio murió su madre respiró. Habían sido demasiados años viviendo en apnea. Algo más de una década sin respirar empieza a hacerse cuesta arriba. Era una falta de respiración, un ahogo, una ruina que iba creciendo por días, por momentos. Cada segundo era la viva imagen de un tormento.           Encontraron el cadáver de Julito al lado de una nave en ruinas que había en un descampado. Las ratas habían devorado parte de su cara y la jeringuilla todavía colgaba de una vena perforada en el brazo. Fue una muerte fulminante, sin agonía, aseguró el forense a la familia. Algo de consuelo aportaron esas palabras a una madre que enterraba a un hijo recién ingresado en el mundo adulto. La droga había cambiado su fisonomía, su carácter, la vida entera de una familia a la que apenas le daba para poner un mendrugo de pan en la mesa a mediodía.           La heroína se había puesto de moda y...

El fajador

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  Los dedos convulsionaban veloces por la superficie pulida de la pantalla. Pasaban páginas virtuales, de esas que no hacen ruido, a una velocidad del diablo. «¡Madrid! ¡Madrid!», gritaba. «¡Algo que hable de Madrid!» Un sudor frío tomó al asalto su frente, sus axilas, su corazón. «¡Con lo grande que es Madrid!» vociferó de nuevo al público inexistente que se agolpaba en su despacho. Descolgó el teléfono que a pesar de la agitación reinante dormitaba sobre la mesa, junto al ordenador.           —Marisa, di a los del gabinete de prensa que busquen algo sucio de Madrid. Que busquen en las cloacas o en los poblados de chabolas o que paguen cincuenta euros a un yonqui y se invente alguna mierda. ¡Pero quiero algo y lo quiero ya!           Colgó con violencia el teléfono y este, en un inútil afán de resistencia, dejó caer al suelo su auricular. Apoyó la desesperación de su cabeza en las manos y...

Las amistades peligrosas

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  Por la vida de uno pasan muchas personas. Muchos son conocidos, otros, los menos, son los amigos, y entre unos y otros hay una serie inconclusa de personas que se denominan, algunos hasta se autodenominan, los muy osados, de mil maneras: colegas, troncos, compañeros, bro, hermano, follamigos, y un etcétera no sé si largo, pero sí heterogéneo. Por abreviar solemos tildar a todos como amigos y nos quedamos tan anchos. O largos. Creo que hay que saber diferenciar, pero las prisas de un mundo carente de frenos, los vapores etílicos de las bebidas espiritosas y una economía, en ruinas, del lenguaje nos llevan a esa abreviación.             El ser humano tiene una naturaleza comunitaria, necesita de los otros, y los otros de los unos, para desarrollar una vida que pueda tildarse como tal. Nadie puede sobrevivir en la más absoluta soledad o individualidad, aunque nos lo creamos, sobre todo el ser posmoderno actual, pues nos volver...

Presbicia solidaria

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Decía mi abuela: «De los cuarenta para arriba, no te mojes la barriga». Yo, jovenzuelo de aquellas, me lo tomaba a coña marinera. ¡Qué pena que no estuviera aquí para decirle cuánta razón llevaba! Porque cuando uno pasa de los ocho lustros empieza a notar ciertos cambios en su estructura corporal que no le hacen gracia alguna. Uno de estos cambios, con toda probabilidad el más evidente, es el que afecta a nuestro sentido de la vista: empezamos a notar que de cerca nuestra vista falla cual escopeta de feria. Las letras de los libros se nos estrechan, adelgazan, se cruzan en giros imposibles unas con las otras y nos obligan a tomar distancia alargando los brazos para poder verlas. Un viejo conocido siempre decía que su problema no era de la vista, sino de los brazos, que se le habían quedado cortos. Presbicia, se llama.           La presbicia, o al menos sus efectos, se mitigan con unas gafas de ver de cerca. No son difíciles de encontrar ni suponen un gasto ec...

Cuarto y mitad

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  Los chavales de hoy en día, y los no tan chavales, los menores de treinta o treinta y cinco años, apenas saben ir a comprar a un comercio de alimentación donde les atienda una persona, que no sea un cajero o una cajera con antecedentes de ministra. Estas personas que atienden, sobre todo a personas mayores, como digo, suelen responder a las profesiones de carnicero, charcutero, panadero o aquel otro que desprende un fuerte olor a Omega-3 al que se conoce como pescadero o pescatero. Son oficios no sólo dignos sino esenciales. Son oficios que deberían encontrarse protegidos, como lo está el lince, el oso pardo o el olor a miga de pan recién horneado. Son oficios que, poco a poco y sin darnos cuenta o prestar la atención debida, se hallan en vías de extinción.            Se han convertido en mayoría las cadenas de supermercados donde la carne, la fruta y la chacina ya viene embuchada en unas cajitas de plástico fino y con sobrecubi...

El miedo o los peces traslúcidos

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    Mis pies están dentro del mar, a su alrededor   nadan peces traslúcidos. Peces que no se pueden arponear de lado a lado con nuestra mirada. Peces imposibles de soñar. Peces. Intento con mis manos juguetear con ellos, pero el miedo, siempre acechante, les hace huir como los rayos zigzagueantes de la tormenta. Los peces traslúcidos del mar tienen miedo a terminar sus días chisporroteando sobre un mullido tálamo de un sofrito de cebolla, pimiento verde y tomate. Miedo a finalizar su corporeidad en el estómago agradecido de un turista de pelo claro y carnes rojas.             Pienso en estos peces traslúcidos con miedo a dejar una numerosa prole desatendida o a perder la luz de esa translucidez que me llama tanto la atención. Más que en ellos, pienso en el miedo con los pies en remojo, con los dedos reblandecidos por efecto del agua, del tiempo, del no tener nada más importante que hacer. El miedo es necesario, p...

Belleza cotidiana

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    En su libro «Caprichos», Ramón (Gómez de la Serna) tiene un delicioso microrrelato, como ahora se dice, en el que una ex alumna lega su belleza a las actuales internas de su antiguo colegio. Todas ellas gozaban del don supremo de ser guapas. Del don de la beldad. Ramón, como no puede ser de otra manera, lo narraba con la gracia greguérica que lo caracterizaba. Del olvido de la obra de Ramón (Gómez de la Serna) podemos hablar largo y tendido, y, de hecho, no tardaremos en hacerlo. Pero del olvido de la belleza, ¡ay, querido lector!, no podemos dejar de hablar en esta humilde cuaderno de bitácora que se escribe sobre la mesa de tres patas de la Belleza, el Bien y la Verdad. Así, como se merecen, en mayúscula.                En estos tiempos minimalistas hasta el absurdo, el alma coleccionista de fetiches de Ramón chocaría de frente con estrépito de partes al seguro, sonido de mazos de madera en el juzgado ...