La civilización de la ropa tendida

 

A Dolores Martínez

Existe una película antigua, de esa época en la que España se refocilaba en un páramo cultural donde solo había catetos con boina y adictos al régimen (nótese la ironía), en la cual una familia abandonaba las miserias del campo para adentrarse en las beneficencias de la gran ciudad. El largometraje fue dirigido por un falangista con la capacidad de levantar con él escoriaciones de todo tipo en la fina piel estatal. La familia protagonista se instala en una corrala a vivir el sueño español de la bonanza capitalina. En esta corrala hay una fauna variopinta de vecinos: guasones que se burlan de la inocencia e ignorancia de los catetos recién llegados, niños alborotadores y alborotados, operarios madrugadores y sus antagonistas, aficionados al vino y al trasnocho.

 De todo un poco.

Revisitando esta obra, de la que ya se ha hablado en este humilde portal, me dio por reflexionar sobre los vecindarios. Del mismo modo y casi simultáneo, leí un texto de mi querido y admirado Carlos Marín Blázquez mediante el cual añoraba aquellos días de lluvia en los que la gente sacaba las macetas a la calle para que se regasen del modo más natural del mundo. Ambos asuntos me trajeron a la memoria a mi vecina Dolores, ya fallecida, quien los días acuosos (como ahora mismo están mis ojos) se asomaba a la ventana del patio de luces y a voz en grito anunciaba las precipitaciones. De inmediato y ante la voz de alarma, todas las vecinas corrían a recoger la ropa tendida. Ese simple gesto de Dolores conseguía hacer más comunidad que un millón de Leyes Orgánicas. Constituía ese gesto por sí solo la base de la civilización de la ropa tendida.

            Dolores no sólo constituía la civilización de la ropa tendida, también amenizaba las tareas domésticas a través de su ventana con vistas al patio: me hacía indicaciones de cómo tender de manera que la ropa se secase mejor o me pasaba por el ventanuco, haciendo imposibles equilibrios (vivíamos en portales diferentes pero en pisos paredaños) los dulces típicos que terminaba de hornear, verbigracia. Dolores era por sí misma COMUNIDAD. No me refiero a esas comunidades de propietarios que necesitan para constituirse presidente, tesorero y administrador. No. Me refiero a esa comunidad de vecinos arraigados donde el problema de uno se convierte en el de todos y la ayuda necesaria se encuentra dormitando a los pies de la puerta, sobre el felpudo. Una comunidad de vecinos que basaba su fortaleza en la raigambre y en la continuidad. Una estabilidad certera que hacía ser a los vecinos de los de toda la vida. De ese tipo de personas que solo se mudaban por causas ajenas a su voluntad y acuciados por la sombra tenebrosa de la tristeza, de la melancolía y en algunos casos de la depresión.

                                                                                           Dolores Martínez Muñoz, mi vecina.

            Los vecindarios se constituían en el segundo peldaño de la escalinata del principio de subsidiariedad. La familia, como es lógico, era el primero, pero cuando este por cualquier motivo fallaba se acudía a los vecinos más próximos. Con los primeros amigos, salvo los primos, con los que rivalizábamos en griterío a los vencejos en verano era con los vecinos del barrio. No tengo en este escrito la intención de hacer apología del vecindario ideal, que no existe, pues en ellos de todo hay. Probablemente no haya nada peor que te toque un vecino tiquismiquis o alimentado desde niño con los vapores del azufre de Belcebú. Pero siempre nos queda el santo patrón, o patrona, de los vecinos. En mi barrio era Dolores. Tanto era así que en su entierro lució una corona de flores donde en una banda cruzada se podía ver la leyenda: «Tus vecinos no te olvidan».


            Dolores no solo era buena, muy buena, sino que para mí representaba el último bastión de una época totalmente finiquitada. Hoy los barrios se han convertido en campos de batalla y, sobre todo, de indiferencia. Antaño los vecinos se conocían, se relacionaban y, hasta los más siesos, al menos se daban los buenos días cuando se cruzaban en la escalera o en el más íntimo ascensor. Hoy, una vez que la extrema temporalidad ha vencido por goleada a la, en estos tiempos, más débil estabilidad, no conocemos de nada al vecino del tercero, no saludamos en la escalera o en el más íntimo ascensor a quien con nosotros sube o baja, ni tenemos a nadie a quien pedirle la sal que nos hace falta para la paella, para los huevos con chistorra o para ese puntito que tú y nadie más que tú sabe darle al gazpacho. Ahora que hay más vecinos que nunca estamos más solos y desamparados. Los pisos son átomos aislados incapaces de formar una molécula, por minúscula que sea, que nos ayude y a la que podamos ayudar; unos átomos que cada poco cambian de composición y a cada cambio se vuelven más tóxicos. Asaltados por esta atomización atroz que nos inunda y cosifica, pensamos que la vecina de toda la vida, la que nos avisa de que llueve para que no se nos moje la ropa, con ese gesto demuestra ser una cotilla que solo quiere inmiscuirse en nuestras plácidas vidas de átomos disgregados. De este modo, la vida de los barrios va dejando de ser vida para convertirse en supervivencia, al albur del individualismo más zafio e hiriente.

Comentarios

  1. Gracias por estás bonita palabras a esta gran generacion

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  2. Hoy su artículo me ha emocionado... Y he añorado a mis vecinos de toda la vida y a mi portero, D. Lorenzo, que era otro miembro de la familia y al que seguimos visitando en su pueblo años despues de su marcha. Me he emocionado y no sé si más por el recuerdo de aquellos tiempos o por la nefanda comparación con los actuales.

    Enhorabuena D. Javier.

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    1. Gracias, señor mayor. Unos tiempos que por desgracia no volverán. Un abrazo.

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  3. Saludos Javier:
    cierto es que los humanos estamos siendo robotizados
    sin darnos cuenta ya que la pedadogia nos inculcan que somos llamados intelectualmente a "La ciencia "
    Unos de mis versos hago cuasi
    cierta actidud de las tradiciones con sus valores..
    Llamándome Poeta..
    ¡¡Yóoo Poeta:!!
    tan siquiera trovador..

    Bien és verdad que soy..?

    Soy aprendiz de mi pluma,
    soy maestro de mi letra..
    Yóoo no escribo al intelecto:
    escrribo a la gente humilde
    que sabe de sufrimientos...

    Gran relato basado en la realidad de sus gestes ignorantes, puros muy honestos..
    A día de hoy haberlos los hailos, muy pocos pero debemos dar las gracias que todavia existen excepciones como en toda regla..
    Ahora bien hecho mucho de menos por culpa de las nostalgias los valores y tradiciones de esas que con poco que tenian hacian al unísono castillos se derrumbaban y si nó pensaemos en la época Seglar de Fuente Ovejuna.
    Gracias Gran amigo Luz de vida.🙏🌟🇪🇸🌟🙏

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  4. Los nuevos vientos se han encargado de eliminar la vida pública, de encerrarnos con nuestras distracciones y promover la inseguridad callejera para controlar mejor a los ciudadanos mediante la eliminación total de la comunidad.

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