Yonkilata
Rodrigo, a pesar de lo épico de su nombre, carece de toda la
épica, de toda la ética y de toda la estética que deja la impronta que este deja en la persona. Rodrigo frisa los cincuenta, si no los supera ya, trabaja de
mantenimiento en un instituto de secundaria y las tardes las malgasta viendo el
fútbol en la tele, paseando a una perrita medio pulgosa que tiene y bebiendo
para olvidar algo que nunca fue capaz de recordar.
Desde que en el barrio proliferaron las tiendas de chinos ya no tiene necesidad de ir al bar para tomarse una cerveza. Ahora el chino que nunca va a aprender del español nada más que los precios de los productos que vende y un galaxias para las despedidas vende las latas más baratas que Antonio, el del bar, y por el precio de una, se toma dos. No llevan aparejadas las latas la fuentecilla de cacahuetes o los altramuces prehistóricos, pero tampoco hace falta. Solo el alcohol. Lo bueno de los chinos es que abren temprano y cierran tarde, así que Rodrigo, en la media hora del almuerzo, va al chino de al lado del instituto donde dice que trabaja y se compra una yonkilata, que es más barata y entra más.
Rodrigo
está soltero. No tiene hijos. Con la birria de sueldo que cobra tiene para
pagar el alquiler del chamizo donde malvive y, lo que le sobra, para sus
vicios. Nunca quiso casarse. Ni tan siquiera tuvo novia. Menudo rollo eso de
las mujeres que te controlan, no te dejan ir al bar y luego les entra esa cosa
extraña de querer tener hijos, se dice. Nunca se vio empujando columpios en los parques.
Eso era para otros, para esos que tienen una vida tan vacía que tienen que
llenarla con mujer e hijos. Lo único que le interesa de los niños es que
jueguen al fútbol y los grandes equipos nacionales tengan una buena cantera de la
que tirar, y para eso no hace falta que los niños sean suyos.
Rodrigo lleva veinte años trabajando de mantenimiento en el instituto. Lleva veinte años cobrando el mismo sueldo, euro arriba, euro abajo; pero eso le da un poco igual, con eso tiene para vivir. El alquiler de renta antigua es poco, las plataformas donde retransmiten el fútbol y las tardes tontas con la yonkilata tampoco salen caras. No necesita más de lo que cobra. No es Rodrigo de esos tipos ansiosos por cobrar más, por ascender a encargado o por ser jefes, no, para nada, él se conforma con lo que tiene. Tampoco es el trabajo de su vida, pero solo trabaja de mañanas y tiene toda la tarde libre.
Hay un chino que le gusta especialmente. Está frente a unos bancos de esos que una vez puso el ayuntamiento y se olvidó de mantener, pero ahí se sientan los colegas de toda la vida. El chino abre pronto y cierra tarde y siempre tiene cerveza fría. Ahí le gusta estar porque se juntan todos los «Rodrigos» del barrio, carentes todos ellos de épica, ética y estética, como no puede ser de otra manera. Todos los días se encuentran los mismos, hacen lo mismo y cuando las moléculas de alcohol interfieren en su sistema nervioso, arreglan el mundo de un plumazo. A veces, cuando la conversación se desbarra por caminos impropios, aparecen los puños, pero nunca llega la sangre al río. Rodrigo se ha dado cuenta que siempre que salen a relucir los puños es porque alguno se pone gallito cuando viene alguna chica adosada a una yonkilata. Él pasa, no quiere problemas. Allí siempre hay alguien, da lo mismo la hora. Hay «Rodrigos» que llevan en paro desde que nacieron, estos son los que dan clientela al chino desde bien temprano. Hay «Rodrigos» que trabajan de mañana y van al chino por la tarde y hay «Rodrigos» que vienen tarde de la obra y con la ropa de trabajo acuden a la cita.
El otro día, uno de los «Rodrigos» dijo que su madre era de Soria. El Rodrigo que nos atañe pensó que nunca había estado en Soria. Pensó un poco más y reparó en que nunca había salido mucho de su barrio: a la playa cuando le llevaban sus padres de pequeño, a las excursiones con el colegio y una vez que se fueron a Benidorm a la despedida de soltero de un colega del que hace tiempo que nada sabe. Tampoco es una cosa que le preocupe mucho, pero en ese momento le dio por pensar que Soria no tiene que ser feo, pero bueno, qué más le da, si allí haría lo mismo que hace en el barrio.
Los «Rodrigos»
que se juntan a la puerta de la tienda de chinos también hablan de política.
Arreglan el país en dos minutos con treinta y seis segundos. Ellos harían esto
y lo otro y lo de más allá, cada uno lo haría a su estilo y manera, pero lo que
tienen todos claro es que mientras la cerveza sea asequible, lo demás, si
quiere, se puede hundir. A veces discuten de esto o de lo otro, pero el
consenso, el demoniaco consenso, siempre llega cuando dicen que votarán al
partido que baje de precio la cerveza, o al menos no la suba. Han descubierto
que un hombre no necesita mucho más que una buena lata, un cigarro de esos con
aroma al Magreb de vez en cuando y, al menos una vez al mes, una visita al
lupanar de las luces de colores. Y estas dos últimas cosas pasan a ser
secundarias. Un «Rodrigo» con una lata en la mano es un hombre completo. El día
que eso falte, las cosas cambiarán; mientras tanto, los miles de «Rodrigos» que
se emborrachan a la puerta de las tiendas de chinos seguirán adormecidos con
esa pandemia que asola los bordillos y las aceras, con sus sueldos de mierda,
sus vidas de escarabajos peloteros y sus colegas de banco puesto por el
ayuntamiento de turno. Y si al país, al mundo o al Universo entero hay que
cerrarlo por derribo, pues se cierra y punto. ¡Qué más les da a todos estos
«Rodrigos»!
Es una pena que personas que pueden sumar a esta sociedad, acaban refugiándose en lo fácil porque es más cómodo que enfrentarse a sus problemas o intentar salir de la rueda. Al final la cerveza, el banco y las mismas conversaciones de siempre son una manera de no pensar demasiado
ResponderEliminarMuchas gracias
EliminarSi Darwin levantara la cabeza, se plantearía muy mucho si su evolución no acabará en una más que cierta involución con los "Rodrigos" y las hordas de seres "conectados" colonizando nuestras urbes futuras.
ResponderEliminarUn abrazo, Don Javier.
Un abrazo y muchas gracias.
ResponderEliminarSe llama Rodrigo como si se llamara Gabi o Fernando...😅 Muy buena descripción de un tipo de tipo típico, escaso, pero presente, pasado y futuro seguro, en esta España tan peculiar y en el mundo entero a su manera. Enhorabuena 👏🏼
ResponderEliminar"El Rodrigo que nos atañe pensó que nunca había estado en Soria. Pensó un poco más y reparó en que nunca había salido mucho de su barrio" Siguió pensando y decidió ir a por otra lata :-)
ResponderEliminarMuy ligero y profundo al mismo tiempo, enhorabuena.