Pinta y colorea
Uno se para a ver los logotipos de las empresas, de las instituciones públicas y de las organizaciones no gubernamentales dependientes del gobierno y no ve otra cosa que no sea dibujos de niños. El oso y el madroño de la capital ha perdido la épica, la estética y está huérfano de ética. Las empresas que, gracias a Dios, no financian este blog, han infantilizado como de más los colores, dibujos e imágenes de sus logotipos. Y las organizaciones no gubernamentales dependientes del gobierno han convertido en trazos infantiloides bellas aves, portentosas encinas y todo tipo de anagramas con el empaque que antaño, bajo otra luz del sol, lucían.
Las notas de prensa y la literatura deben ser cada vez más sencillas, ausentes de cualquier signo de complejidad, por simplona que esta sea. Se ha proscrito el uso del diccionario y todo se debe entender a la primera, sin necesidad de maceración. Las frases largas, complejas, no se entienden, porque de niño no se entendieron y nadie empujó a ese alma a alcanzar la mínima comprensión. Ni que decir tiene que un texto meridianamente filosófico no tiene cabida en los anaqueles de los libros más vendidos, salvo que sea una burda imitación de esos cuadernos de pinta y colorea de parvulario. Todo ha de ser simple, digerible, que hasta un niño de cincuenta años pueda entenderlo. De este modo, el lenguaje no solo se infantiliza sino que con pocas palabras utilizadas el mensaje llega. Aquí se origina un problema conceptual que tiene una importancia superlativa (como la nariz de Góngora). El problema es que se simplifica el lenguaje y se deja de llamar a las cosas por su nombre, y se las denomina con conceptos vagos, por supuesto entendibles con facilidad, y, por ende, la manipulación asoma por la puerta su patita embadurnada de harina.
Al
simplificar el lenguaje, los códigos de comunicación y los productos
audiovisuales también se simplifica la visión del mundo que nos rodea. Y
nuestra mente. De esta manera, nos convertimos en seres sin la capacidad de
pensar de una manera compleja. Y pensar de una manera compleja es desentrañar
nuestros problemas existenciales, y cotidianos, de una manera fructífera. Sin
embargo, si carecemos de esa capacidad, nuestros problemas serán a nuestros
ojos irresolubles y tendremos que pedir ayuda. ¿A quién vamos a pedir ayuda? ¿A
quién va a ser? A los mismos que nos han generado este problema para ofrecernos
a continuación la solución y erigirse así en nuestros salvadores. De pronto
dependemos de esa ayuda estatal que nos salvaguardará de ese problema…y del
siguiente que ellos generen, y nuestra merma intelectual sea incapaz de hacerle
frente.
En un mundo
infantilizado es muy difícil sustraerse de la infantilización que todo lo toca.
Todo cuanto nos rodea, como bien decía, nos encauza hacia ser ese consumidor
insensible que solo se quiere abrazar a esas cosas que nos hacen felices por un
instante. Y de este modo nos creemos seres completos, seres repletos de una
dicha que nunca antes ser humano alguno fue capaz de tener, seres felices. Y
cuando ese instante se marcha, pues, como todo, es efímero, vuelve la realidad y
nos arrellanamos en nuestro sofá atiborrados de antidepresivos. Pero no se
preocupe, querido, por único, lector, de inmediato otra satisfacción infantil
acudirá a nuestro sistema nervioso para que descargue la corriente eléctrica de
la felicidad en nuestra médula espinal. Y seremos felices. Entretanto, no nos
enteraremos de nada que nos rodee, porque tampoco interesa que nos interese, no
vaya a ser que pensemos y dejemos de consumir ese soma que nos hace felices con tan poco.
Pero no solo de felicidad vive el hombre, pues este infantilismo rampante no solo nos evita pensar y hacernos preguntas enjundiosas, sino que también nos evoca la felicidad del que carece de responsabilidad. En el niño la responsabilidad es mínima y, encima, en estos tiempos que corren se diluye como terrones de azucarillo en agua caliente. Como uno no tiene responsabilidad, pues no tiene freno en esa felicidad a la que se aspira como culmen vital. Y los irresponsables florecen por doquier, incluso en esferas de alto copete donde la responsabilidad es un destino, estos hacen la artimaña correspondiente y la eluden con más pena que gloria. De este modo, en un mundo donde la responsabilidad se diluye, los presidentes y ministros de los gobiernos solo acuden donde se les va a poner buena cara y se les va a lamer el culo presidencial o ministerial, huyendo como de la tiña cuando, por el cargo, deben acudir donde no serán bien recibidos, pero con su presencia apoyarán a viudas, huérfanos o desvalidos y demostraran, de barro hasta las orejas, que las responsabilidades hay que afrontarlas. Darles solución. Que para eso están.
Y si no es así, cierren la puerta al salir.
Y la mínima muestra de madurez o rebeldía será sancionada por la multitud, por obligarles a verse frente al espejo
ResponderEliminarInmadurez, retraso madurativo, llámalo X... Tras estas palabras, manipulación al canto. Gracias, José Luis.
EliminarEs lo que se llama economía del lenguaje, aquello que nos enseñaban de niños y de lo que ya nos advertían.
ResponderEliminarY si en los ochenta ya era así...
Whatsapp en las redes sociales han destruido el lenguaje.
Por suerte, siempre quedarán los libros.
Cuando todo se derrumbe, siempre nos quedarán los libros. Yo llevo toda la vida haciendo acopio de ellos para cuando llegue el fatídico momento, que se está acercando a toda velocidad. Muchas Gracias.
EliminarAdoctrinamiento en las sombras, si no piensas no eres capaz de ver más allá de los dibujitos de colores o de lo que te muestre tu algoritmo de redes sociales. Una sociedad adormilada es una sociedad fácil de manipular en masa. Yo sigo pensando que queda esperanza…
ResponderEliminarUna sociedad adormilada es incapaz de darse cuenta de que quien tiene que apechugar con la responsabilidad no lo hace. Y encima se le aplaude, se le ríen las gracias y, lo peor de todo, se le encumbra en el poder. Muchas gracias, como siempre.
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