Pijamas por la calle

 

La primera vez que lo vi, tuve que frotarme con fuerza los ojos pensando que eran visiones. Volví a mirar. Incrédulo, me froté los ojos para desvanecer la visión, en el caso que esta lo fuera. Por un instante me sentí como don Alonso Quijano antes de recobrar la cordura. Pero no. No era una visión provocada por ese sabio Frestón que, como al Ingenioso Hidalgo, me tiene cierta ojeriza. Para nada. Lo que veía era tan cierto como que dos más dos son… ummm… ¡Cuatro!

          Te pongo, perdón por el tuteo, querido y único lector, en antecedentes: mes de diciembre, a mediados; ambiente navideño; villancicos por la megafonía del Ayuntamiento de mi localidad; en el Belén de la plaza, todavía no está el niño Jesús; compras de navidad. Los niños en sus carritos menean las panderetas que sus madres les acaban de comprar en el chino. Otros, más mayores, queriendo ser Messi, juegan al balón como lo hacen en cualquier época del año. Los comercios están llenos: unos buscan ese jersey que se ha puesto de moda y que tiene estampados dos renos y muchos copos de nieve; otros, observan con detalle las características del último grito (¡qué ganas tenía de escribirlo!) en tecnología. Los padres recientes se turnan para hacer guardia en las jugueterías.


          Entre tanto ajetreo la observo. Es una chica joven, apenas pasada la veintena. Parece normal, sin ninguna tara al menos evidente. Me fijo en ella (creo que como el resto de los bípedos que por allí andábamos). Sus pies están enguantados en unas zapatillas de estar por casa, de esas feas que son muñecos de peluche de la serie de dibujos animados de moda. Mi mirada sube y se percata que el pantalón es de cuadros rosas y está confeccionado en felpa. ¡Por el amor de Dios! ¡Es un pijama! Por encima, un abrigo acolchado. El pelo, como recién levantada de la cama. De sus manos colgaban bolsas de las tiendas repletas de prendas, imagino. No contento con eso, el sabio Frestón colocó ante mis ojos a dos chavalas vestidas de igual manera aquella misma tarde.

          Esta misma mañana, en el supermercado del barrio, he podido ver a una pareja vestida como la chica descrita supra. Y no, no estaban comprando de urgencia una especia que les hacía falta para la paella. Guiaban un carro de supermercado y lo tenían lleno. La compra de la semana. ¡Otra vez el sabio Frestón haciéndome de las suyas!

          Todas las veces que me he cruzado por la calle con gente vestida en pijama, que para mi gusto han sido muchas, me he percatado que no sentían el menor pudor, ni se sentían mal ni, por supuesto, se ponían colorados. Todo lo contrario. Parecía como si caminaran más erectos, con la mirada fija en sus objetivos y con el orgullo personal clavado en el pecho. Tal vez pensándose algún tipo de ser aventajado o influencer.  


          No sé si esta moda tan vergonzante está extendida por todos los sitios de este suelo patrio en el que vivimos. Tampoco sé si es común en los barrios donde los apellidos compuestos son mayoría. Lo desconozco. Pero en la periferia (yo soy de la ultreia periférica) de la capital del Reino se extiende como una plaga de piojos en una guardería pública.

          Ya me parece vergonzante el uso de prendas deportivas para salir de cena o para una cita de Tinder (aunque he de reconocerlo, tuve mi temporada sudadera), pero lo del pijama me parece no solo un exceso, sino un ataque frontal contra la línea de flotación de la buena presencia. Me imagino la cara de  los entrevistadores de una empresa cualquiera que se tengan que enfrentar a un miura que viene a pedirles trabajo vestido con sus mejores modelos de pijama. O, pongamos, en una boda por lo civil, que los contrayentes vistan un pijama chaqué y, ella, un pijama blanco pureza. Deleznable. Pero no me extrañaría que ocurriera.

          Pero la anécdota del pijama no sería otra cosa que eso si no fuera porque es un síntoma evidente de la degradación humana que estamos viviendo. El ser humano racional, capaz de inventar y de convertir el mundo en un sitio mucho más habitable, se ha preocupado por alcanzar ese punto de belleza que nos hace diferentes al resto de especies animales. Y esa belleza, tan necesaria para el alma como el pan para el estómago, se muestra en múltiples facetas, desde el arte, la música o la literatura hasta el cuidado por nuestra apariencia física. Y esta última es nuestra tarjeta de presentación. Nuestra imagen dice de nosotros casi todo, y, por tal motivo, nos preocupamos porque sea la mejor, la más bella.

          En estos tiempos insulsos, el ser humano occidental, sobre todo el periférico, ha enaltecido la comodidad ante todas las demás premisas. El hombre (y la mujer, ¡oiga!) se ha vuelto comodón. ¿Qué hay más cómodo que un chándal/pijama? ¿Y más caro? Pocas cosas. El uso y abuso del pijama/chándal y, por ende, de la comodidad, está haciendo un daño tan profundo que no sabemos valorar a día de hoy hasta dónde puede llegar. Pues no hemos de olvidar que la comodidad y la pereza son dos hermanas siamesas. Dos pecados capitales.


          Y, aunque muchos vecinos míos no me crean, el atuendo que uno porta modela las relaciones sociales. Y el gusto. Y el refinamiento. Y la percepción de la Belleza, del Bien y, como no puede ser de otra manera, de la Verdad. Algunos me tildarán de exagerado, pero párate a pensar, querido lector, y observa que por pragmatismo comodón no valoramos otra cosa que no sirva para nuestro acomodo. Y despreciamos ese ornamento que nos alegra la vida y nos eleva el alma, pues no es práctico y, como es elevado y te hace pensar, no es cómodo (mucho más fácil es deglutir mini videos de tik tok); y como no es cómodo, pues lo desechamos y, poco a poco, el color gris se apodera de nuestra vida. Cuando todo sea gris, el color de la belleza será proscrito y todo habrá terminado.


Comentarios

  1. Fantástica radiografía de los tiempos que vivimos. Volvamos a la cordura y a la elegancia.

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  2. Ese atuendo suele ser, de siempre, el común en determinados barrios de la periferia.

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