Huecos libres

En busca de la mitad de la oreja perdida por Don Quijote en singular batalla contra el hidalgo vizcaíno me topé con la Iglesia de San Andrés. En ella escuché el sonido de un órgano.  Unas notas musicales que se derramaban por unos tubos que apuntaban al cielo. Un sonido que acogido en el seno de las bóvedas aumentaba el sentido sagrado de la música. El sentido sagrado de la vida. Según el peculiar guía que me introdujo en las cosas más importantes que ver en el templo y se marchó, el órgano fue donado por una iglesia anglicana que había dado por finiquitada su existencia. Añadió que, en el mundo anglicano, muchas iglesias se estaban cerrando. Parece que en la Pérfida Albión, según palabras de este buen hombre, la adoración a Dios, al menos del de los cristianos, aunque sean anglicanos, está más que de capa caída.


            Después de la visita y de rendir honores a los restos de don Francisco de Quevedo, caminé por el pueblo dejando volar mi mente sobre la cuestión del órgano, del cierre de iglesias y de todo lo que ello puede conllevar. Me imaginé que el lugar de donde provenía el instrumento musical, por su tamaño, debería ser un edificio de grandes dimensiones. Siendo así, los parroquianos serían multitud o, cuanto menos, abundantes. Por lo tanto, el cierre de ese lugar de culto o ha dejado a muchos ingleses sin lugar donde rezar o ellos mismos han dejado de rezar. No sé por qué me daba a mí que esta segunda premisa era la correcta.

            Como seguía paseando, mi imaginación seguía volando. El edificio gigantesco que albergaba al órgano ya manchego, como el ilustre Hidalgo, en tierras extranjeras no habría sido derruido sino que le reutilizarían para cualquier otro asunto no sacro. Pensé que, como en otros lugares de la Europa cansada, y debido a la altura de sus muros sería hoy la sede de la Federación Londinense de Escalada y sus paredes estarían llenas de presas de colores de donde poder colgarse los deportistas. O si esa federación no era lo suficientemente potente, el otrora templo hoy sería un centro de exposiciones donde los petimetres observarían cuadros abstractos pintados por esos genios posmodernos que creen decir tanto sin expresar nada de nada. O la habrían convertido, gracias a sus especiales encantos acústicos, en una discoteca repleta de jóvenes pegándole fuerte a esas pastillas de múltiples colores.

            Todas las opciones me parecieron, cuanto menos, horrendas. Pero los tiempos modernos corren despavoridos en esa dirección. El ciudadano europeo se ha olvidado de dónde viene, de dónde se encuentran enclavadas sus raíces más profundas. Y lo peor de todo, se ha olvidado de hacia dónde se dirige. Vacía los pueblos, las iglesias, el mundo rural y se lanza sin adarga antigua ni protección alguna hacia una vida repleta de sensaciones pero vacía de sentido. Y el vacío del mundo rural, de las iglesias y de los pueblos entra a vivir en el corazón de los individuos. Y la proposición que bien expuso Chesterton, si dejamos de creer en Dios, empezamos a creer en cualquier cosa, se está cumpliendo y empezamos a creer sobre todo en nosotros mismos. En ese individuo endiosado que escala en las paredes de un templo, que ve cuadros que no dicen nada y que baila drogado bajo el estresante machaconeo de una música que no es música.


            Todo ello viene provocado por ese interés tan alto, que no sé si algún día se podrá pagar, que tenemos en ese enano que no quiere estar más sobre los hombros de los gigantes. Pues tan engreído es que piensa que él solo es capaz de conseguirlo todo, sin ayuda de nadie, sin saber de quienes le precedieron. Y campea por ahí como si la nada fuera el todo, le dice a su psicóloga que es muy difícil ser tan grande y se olvida por completo de hacerse las preguntas adecuadas para ver un atisbo de luz en las respuestas. Y pasa la vida entretenido con banalidades.

            El enano que anda sin abrigo y sin paraguas bajo las luces de la posmodernidad no sabe que los huecos que se dejan libres han de ser ocupados. Hay muchos ocupas que  carecen de la fuerza necesaria para quedarse de manera indefinida en el edificio, y, más pronto que tarde, son desahuciados sin remisión. El espacio vuelve a quedar vacío (como sus corazones) y una fuerza bestial, una fuerza apoyada en el espíritu, una fuerza con millones de brazos venidos de fuera empuja con violencia y esos huecos los ocupa sin rubor alguno. El vacío volverá a llenarse, pero no del mismo contenido que lo llenaba antaño, estará lleno de una ponzoña con la capacidad de parecer una cosa y ser lo opuesto. Pero es una ponzoña que interesa a quienes se mantendrán en la cúspide del poder económico, social y político.

Comentarios

  1. Este artículo lo veo un poco más disperso.
    Por cierto, creo que hay una errata y quizá en lugar del término "ingleses" se refiere a "feligreses".
    Por lo demás, vivan los órganos tubulares.
    Es un espectáculo verlos y escucharlos

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  2. Felingleses. Muchas gracias.

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