Amistades vasectomizadas

 

En una sociedad como la nuestra, la sociedad de la prisa, a duras penas se tiene tiempo para algo distinto a lo que no sea el cultivo de nuestros intereses. 

   
Madrugamos. Hoy no hay tiempo para ir al gimnasio. Hacemos veinte flexiones en el suelo de la cocina. Entretanto, se prepara el café. Dos aguacates y unos huevos revueltos. Rompemos el ayuno intermitente. Salimos pitando hacia la estación de tren. En el asiento del vagón, una cabezadita. Trabajo de ocho horas. Llamadas de teléfono. Correos electrónicos. Relaciones laborales tóxicas. De vuelta a casa en el tren. Cabezadita de rigor. Llevar los niños a las extraescolares. Contestar dos correos que quedaron pendientes del trabajo. Recoger a los niños. Comprar la cena. Hacerla. Baños y duchas. Acostar a los retoños. No me da la vida. Ver la serie de Netflix que está en boca de todos en la oficina. Un capítulo más. Y ya van tres. Acostarse tarde. Un día de locos. Mañana más.

          Son tiempos veloces. Tiempos en los que la rapidez, el estrés y la escasez de tiempo hacen difíciles las relaciones humanas. Tiempos en los que los amigos (presuntos) aquejados de este mal de nuestro tiempo solo se interesan por uno cuando necesitan algo. No tienen tiempo para más. Amigos que desconocen si estás bien o estás mal; si anímicamente te sientes destrozado y tirado por los suelos o, por el contrario, te encuentras exultante, alegre y con la risa asomando a tus labios. Amigos de interés espurio. Amigos que no se merecen tal denominación.

         


Esta actitud se viene generalizando  y se da en todas, o casi, las relaciones entre los seres humanos que habitamos esta parte del planeta.  Hemos construido una sociedad, de socios, de negocios, de interés variable y se nos ha olvidado por completo construir una comunidad, de comunión, de personas unidas en pos del bien de todas ellas y de unas relaciones sanas y desinteresadas. Por esto y por estos tiempos absurdos en que nos ha tocado vivir nos alegramos, a la vez que nos causa extrañeza, cuando suena nuestro teléfono y quien llama lo hace solo para saber de nosotros. Para preguntarnos cómo estamos. Para sentir nuestro aliento vital.

Una llamada insólita que todavía puede llegar a ocurrir.


Vivimos unos tiempos en los que nos galleamos de poseer cientos de miles de amigos en las redes sociales. Amigos a los que no conocemos. Amigos que ni siquiera interactúan  con nosotros con su verdadero nombre. Amigos que no nos aguantarían ni siquiera la más nimia conversación. Esta multitud de amigos que no lo son nos provocan un primer impacto, como decía, de orgullo y de sentirse no querido sino admirado. Nos provoca una ficticia sensación de prestigio. Pero una sensación real de soledad. Si nos dejamos caer sobre ese colchón corremos el riesgo de quebrarnos la columna vertebral al experimentar que el relleno no es de pluma sino de hipocresía. De la nada más absoluta. De ese vacío que nada más puede sentir el hambriento.

Son amistades vasectomizadas que por eso mismo son incapaces de generar algo bueno. Carecen de la capacidad de acompañar, de bendecir la mesa donde comemos, de arropar al alma cuando fuera hace frío. De enriquecer. De enriquecer de manera mutua. Amistades vasectomizadas pensadas para la producción y la apropiación del interés, de los tipos de interés. Del me haces falta. Amistades vasectomizadas originadas para gestar el futuro de la más absoluta soledad.

Uno, de naturaleza generosa, se entrega a la amistad con la inocencia del niño chico. Piensa que las personas que le rodean o se le acercan se levantan por el mismo lado de la cama. Y no es así. Aunque al principio lo parezca. Nada más lejos de la candidez originaria. El humano posmoderno se ha criado en la sociedad del usar y tirar, como esos pañuelos de papel de marca extranjera, y transforma en objeto a los sujetos. En ese momento, justo ahí, es cuando utiliza a sus amigos y conocidos. Los utiliza hasta que ya no sirvan para sus intereses y entonces los arroja al suelo, ni siquiera se preocupa por buscar una papelera donde depositarlos o uno de esos cubos de reciclaje que al menos permiten alguna que otra reutilización.

Las amistades vasectomizadas brotan como setas en otoño o alergias en primavera. Las hay simpáticas, de aspecto agradecido. Incluso las hay que tienen buen corazón. Pero todas están tocadas por el hálito del egoísmo. No han sido bautizadas para eliminar ese pecado original de las sociedades posmodernas. Y además son como el diablo que sabe disfrazarse con la botarga de la paz y el buen rollo para esconder bajo sus ropajes su verdadera naturaleza corrompida.

Comentarios

  1. Por eso, cuando recibimos una llamada, un mensaje o un gesto genuino de alguien que se interesa por nosotros sin esperar nada a cambio, es un tesoro que nos recuerda que la amistad auténtica todavía existe. No son muchos los que permanecen, pero esos pocos son los que realmente cuentan.
    El reto de nuestro tiempo es aprender a valorar y cultivar esas relaciones que enriquecen de verdad, que sostienen el alma y que nos enseñan que no estamos solos, aunque el mundo nos invite a pensar lo contrario.

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