El árbol y quien recoge sus frutos
Hace muchos años, detrás de un cerro cercano al pueblo, tuve un huerto. En el huerto tenía un árbol. En el árbol había un nido de petirrojos juguetones. Aquel árbol era la envidia de todos los paisanos que hasta allí se acercaban en sus paseos vespertinos recetados por el galeno local. En primavera aparecía exultante, lleno de vigor y con las hojas de un verde que centelleaba, que reflejaban la luz del sol como si de una suerte de miríadas de espejos se tratara. En verano producía una especie de frutos rojos que se comían en la cornucopia de la vida. Eran jugosos, cuando se mordían resbalaba la savia por las comisuras labiales, azucarados como miel del monte Olimpo y desprendían un frescor que aplacaba a la canícula. En otoño sus hojas se convertían en monedas de oro que refulgían como el tesoro que un duende guarda al final (¿o era al principio?) del arco iris. En esta época, la brisa traviesa hace tintinear las hojas y el sonido, como ...